miércoles, 14 de octubre de 2015

Fernán Pérez Portocarrero, primer señor de Morata


Alfonso XI le vendió el señorío en 1350 junto con las villas Valdemoro y Pinto

En el siglo XIX, con la Constitución de Cádiz los señoríos quedan abolidos en España. Morata, desde el siglo XIV conoció prácticamente todas las situaciones jurisdiccionales posibles. Fue lugar de realengo, de señorío civil y de señorío eclesiástico. En estos siglos, su jurisdicción fue vendida y donada a representantes de la nobleza, pasó a la jurisdicción eclesiástica, y de ahí, con la compra de los vecinos, volvió a la jurisdicción real por unas décadas, antes de pasar de nuevo a ser villa de señorío en poder del marqués de Leganés. Este vaivén jurídico, en el que los vecinos poco tenían que decir, sometidos como estaban a las decisiones reales, se inició en el siglo XIV con la venta de la villa a Fernán Pérez Portocarrero y a su mujer Marina Alonso.

Nos situamos en el año 1350 y en el sitio de Gibraltar. Alfonso XI intenta lo que él y sus antepasados han intentado en tantas ocasiones: dominar la plaza fuerte que controla el paso del Estrecho y fundamental para avanzar en la reconquista del territorio dominado por los musulmanes. Desde 1279 Alfonso X había intentado la conquista del castillo gibraltareño y su caserío, y su sucesor, Alfonso XI, desde 1333 había desplazado en cinco ocasiones a su ejército a la comarca para conquistar las plazas de Tarifa y Algeciras e insistir en la conquista de la estratégica roca.
En esta situación es cuando se produce la venta de Morata a Fernán Pérez Portocarrero, puesto que de una venta y no de una donación se trataba. El documento original en el que se refleja la venta real ha desaparecido pero sí que se conserva una copia, realizada en el siglo XVI, con el contenido del mismo:
 Fernan Pérez Portocarrero y Marina Alonso su mujer los quales compraron del Rey don Alfonso XI estando sobre Gibraltar por 180000 maravedíes el lugar de Pinto, termino de Madrid, y Valdemoro y Morata en término de Segovia. Y el rey vendió estos dichos lugares para ayuda de sus grandes gastos y en el sitio sobre Gibraltar y en 1388 se hizo la venta y dio licencia para que de los lugares hiciesen mayorazgo.
Venta de Morata en un documento de la Col. Salazar y Castro, MS. D-10, fols. 249-50; MS. M-49, fols. 79v.-81 rev. RAH (Madrid)

Venta para financiar la guerra
La creación de un señorío en una villa o lugar casi siempre tenía un origen económico. El rey, poseedor por definición de todo el territorio, necesita dinero y acude a la venta de jurisdicciones para solventar sus apuros económicos cuando la recaudación de impuestos no es suficiente para equilibrar las arcas reales. Y esa era la situación a mediados del siglo XIV. Alfonso XI, un rey guerrero, había llevado al reino a la bancarrota con sus campañas militares pero eso no menguó el afán bélico que le caracterizó, literalmente, hasta el mismo día de su muerte, a consecuencia de la peste negra y que tuvo lugar en marzo de 1350, pocas semanas después de vender el lugar de Morata.
Tal como se indica en el documento de la Real Academia de la Historia, Pérez Portocarrero, perteneciente a una familia noble de orígenes norteños, pagó por la adquisición de las tres villas la cantidad de 180.000 maravedíes. Naturalmente, al pagar esta cantidad Portocarrero perseguía un interés económico y de prestigio. Para hacernos una idea de lo que significaban en esa época 180.000 maravedíes la podemos comparar con el preció de un elemento básico en la alimentación de la época: el trigo. Por esos años, un caíz de trigo (12 fanegas, equivalentes a 532 kilos) tenía un valor de 18 maravedíes, es decir, el precio de la venta de las tres villas equivalía a 10.000 caíces o, lo que es lo mismo, 5.320.000 kilos de trigo. Si comparamos el precio de la venta con lo que se pagaba por el material militar, que al fin y al cabo  es lo que necesitaba Alfonso XI para culminar la conquista de Gibraltar, en esos años una galera española se valoraba en 9.000 maravedíes, con lo que el precio que pago Fernán Pérez Portocarrero le habría servido al monarca para fletar 20 galeras.
Relato de uno de los servicios de Fernán Pérez como merino mayor de Castilla

Fernán Pérez Portocarrero pertenecía a una familia muy ligada a la corona de Castilla. Su padre, Martín Fernández Portocarrero, se crió junto al rey Alfonso XI, que le tenía como uno de sus consejeros más influyentes, y esta relación le allanó su camino en la corte y el progreso social. Fue nombrado merino mayor de Castilla, un cargo que le convertía en una especie de juez para resolver conflictos en los territorios castellanos, pero que también llevaba asociadas funciones administrativas y militares. Esta función militar aparece en las crónicas del reinado de Alfonso XI, como cuando en 1334 el rey le envía a reducir a unos malhechores cerca de Segovia con motivo de un viaje del rey:
 (…) salió [el rey] de Valladolid para ir a Segovia, e supo en el camino que estaban en Fresno de Cantaespina unos malhechores, et envió allá a Fernán Pérez de Portocarrero, su merino mayor en Castilla. Et el merino fue y cercó el lugar, et ayuntó a los concejos de las comarcas, et controló por la fuerza, et tomó a los malhechores, et derribó la cerca del lugar (Crónica de Alfonso el onceno-Francisco Cerda, Madrid, 1787).
Esta cercanía al rey le procuró el prestigio y la posibilidad de ascender económicamente lo que, a su vez, le permitió hacer el importante desembolso monetario para adquirir las villas y lugares de Morata, Valdemoro y Pinto, donde al parecer construyó la torre en la que siglos después permaneció presa la princesa de Éboli por orden de Felipe II.
Tras participar en el sitio y conquista de Gibraltar, Fernán Pérez continúo ligado a la monarquía castellana. El sucesor de Alfonso XI, Pedro I, también le otorgó favores con su nombramiento como guarda mayor, cargo que ejerció entre los años 1355 y 1356. Entre otras funciones, el guarda mayor era el responsable de la seguridad del rey y de su familia, tanto en la corte como en los desplazamientos reales.
Las condiciones de la venta
Del documento que reproducimos de la RAH, aparte del precio de venta, poca información se deduce sobre los derechos que adquirió  Portocarrero al convertirse en señor de Pinto, Valdemoro y Morata. Gracias a un documento posterior, por el que Pedro I, sucesor de Alfonso XI, cedió el señorío de Morata a un miembro de la poderosa familia Mendoza, sabemos las condiciones de la adquisición de Morata por parte de Fernán Pérez Portocarrero:
(…) donaçion por juro de heredat para siempre jamás a vos e a los que del vuestro (…) que le ayades con montes e términos e prados e pastos e aguas, corrientes e non corrientes e con todos los otros derechos que le pertenezcan de en cualquier manera por cualquier razon. El cual lugar con todo lo que dicho es uso do en donaçion para uender e enpennar e dar e trocar e cambiar e enajenar e para faser dello e en ello todo lo que quisieredes asy conmmo de los vuestro messmo, salvo que lo non podades vender ni enajenar en omne de orden nin de religión nin de fuera del mio señorio sin mio mandarlo. Et do uso con la yantar que yo he de auer e con la martiniega e fumadera e acemilas e fonsado e fonsadera e con todos los otros pechos e derechos que yo y he d auer en el dicho lugar de Morata e pertenesce al señorio dende y con la justicia çevil e criminal.
En este texto, escrito en castellano antiguo se detalla que el señorío de Morata tenía el derecho a cobrar algunos impuestos como la fumadera, la martiniega o la fonsadera, y también la administración de la justicia civil y criminal, merced a la donación por juro de heredad, un contrato que permitía la transmisión a los hijos, siempre con el permiso real, y algo que no se pudo producir ya que en el matrimonio de Portocarrero con Marina Alfonso no hubo descendencia, por lo que el señorío de Morata no tardaría en cambiar de manos, aunque esa es ya otra historia.



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