Monjes granjeros... y prestamistas
Los dominicos también participaron en el mercado crediticio en Morata
Carlos III y su ministro Campomanes limitaron la actividad agrícola de las ordenes religiosas
La actividad de los frailes dominicos en Morata no se limitó al cultivo de sus viñas y olivares y a la elaboración de vino y aceite. Durante más de doscientos años de presencia en Morata, gestionaron una hacienda de más de 300 fanegas, entre secano y regadío, participaron activamente en el mercado de compraventa de tierras de cultivo y, en una faceta menos conocida, hasta se convirtieron en prestamistas de vecinos de Morata. En villas vecinas, como Arganda, las congregaciones religiosas también protagonizaron en esos años una intensa actividad económica también centrada, sobre todo, en el mercado del vino. En su tiempo, esta presencia de los denominados monjes granjeros no escapó a las críticas de quienes consideraban que esta influencia, excesiva, era perjudicial para el común de los vecinos de estas villas especialmente durante el siglo XVII y primeros años del XIX.
La participación de los frailes dominicos del Rosario en el mercado de los préstamos es una faceta menos conocida de estos religiosos asentados en Morata desde las primeras décadas del siglo XVII, entre 1630 y 1640. Si en algunos momentos los dominicos acudieron a solicitar créditos, censos en el lenguaje de esos años, para financiar adquisiciones de bienes o el propio funcionamiento del convento matriz, situado en la calle de San Bernardo de Madrid, en otras ocasiones los frailes se convirtieron en prestamistas de vecinos de Morata que acudieron a ellos para contratar estos préstamos.
El Catastro de Ensenada recoge en la documentación referida a Morata (1751) tres censos a favor del convento contratados con varios vecinos de la villa:
Herederos de Luis de Salcedo y su mujer Bárbara Sánchez, censo de 200 ducados.
Miguel Bello Martín, escribano de Morata, censo de 100 ducados.
Herederos de Jacinta de Cuevas, 100 ducados.
Unos años después de que los frailes dominicos declararán la existencia de estos censos a los jueces del Catastro de Ensenada, los religiosos firmaron la escritura por la que se redimía uno de estos censos, firmado hacía casi noventa años en 1670, concretamente, el del escribano Miguel Bello. Esta escritura, registrada en 1757 en la escribanía de Ventura Elipe en Madrid, es una buena muestra de las garantías exigidas para concertar estos censos, siempre bienes inmobiliarios rústicos y/o urbanos, y el interés de los mismos, en este caso el cinco por ciento anual:
Estando en el Convento de Nuestra Señora del Rosario de la Orden de Predicadores de esta Villa de Madrid a 4 días del mes de marzo de mil setecientos cincuenta y siete ante mí, el escribano del Número, y testigos se juntaron (...) el reverendo padre Miguel Roldán, prior actual, y los demás religiosos de él (…) y así juntos y congregados de un acuerdo y conformidad dijeron que por cuanto en esta villa de Madrid, en siete de octubre de mil seiscientos y setenta, ante Andrés de Calatañazor, escribano que fue de su número, por Gabriel González y Pedro Mexía, vecinos de la de Morata de mancomún, se otorgó escritura por la que impusieron y cargaron en favor del citado Convento de Nuestra Señora del Rosario Censo redimible de Doscientos Ducados de vellón de principal y diez ducados de renta en cada un año, según la pragmática que entonces corría, con hipotecas especiales que pusieron el Gabriel González de unas casas en la Villa de Morata que lindaban con las de Joseph Bernardino y Francisco Pedroso y Pedro Sánchez de Andrada y una tierra en el Llano de Abajo, de caber tres fanegas de sembradura, otra tierra en el mismo llano de seis fanegas de sembradura, y el Pedro Mexía hipotecó un olivar en término de Morata donde llaman Los Hoyos de caber treinta pies, una tierra en término de ella, donde llaman Los Navajos, de caber ochocientas cepas; una viña encima de la Quinta de San Martín, de quinientas cepas, y entre las condiciones establecidas en la citada escritura por la primera se capituló que la redención de dicho censo se había de poder hacer siempre y cuando se quisieses, pagando el principal y los réditos que a la ocasión se debiesen, con que se avisase dos meses antes para el nuevo empleo y en ellos correr los réditos. De cuyo censo se redimieron los un mil y cien reales de su mitad por los herederos de Gabriel González que lo fue Marcela Salgado y habiendo quedado existentes los otros cien ducados sobre bienes de Bonifacio Sánchez, vecino de dicha villa de Morata, y Josepha Megía, su mujer ya difunta, y señaladamente en una casa en su población y calle ancha que baja de la plaza pública, linde de casas de Miguel Maeso, de Juan Páez Jaramillo y otras de Miguel Bello Martín, escribano del número y Ayuntamiento de la propia Villa, la cual vendieron que este el mismo Bonifacio Sánchez y su hijo Bonifacio Sánchez, que este también lo fue de la misma Josepha Megía con la carga del censo de los cien ducados y quedando obligado en la venta a reconocerle, y a su seguridad constituirle de nuevo con nuevas hipotecas, como de facto lo ejecutó en escritura solemnizada en la propiaVilla veinte y ocho de septiembre de mil setecientos treinta y seis, ante Antonio Maroto, escribano del Número de la de Perales de Tajuña hipotecando especial y señaladamente las mismas casas y otras lindantes del mismo Miguel Bello y un olivar de cuarenta y tres olivas donde dicen Poyales, linde el camino olivar del licenciado Don Nicolás Arias y tierra de el constituyente y más bien reconocedor del censo en que se estableció también la condición de redimir con igual aviso. Como mas por menor de acredita este exerció de las citadas dos escrituras a que los (…) otorgantes se refieren en cuya consecuencia y usando de su acción el citado Miguel Bello Martín quiere quitar y redimir el expuesto censo y para ello avisó y citó aunque extrajudicialmente de redención y hizo entrega no solo de los cien ducados del capital sino también de los réditos que efectivamente se estaban debiendo con el importe de los dos meses de aviso estipulados al padre frai Bernardo García como apoderado de dicho Convento (...) y declaran por bien quitado, extinguido y redimido el expuesto censo, como si no hubiese sido impuesto, y dan por libres a las casas y olivar hipotecados de su afección y gravamen (…). Archivo Histórico de Protocolos de Madrid. Escribanía de Ventura Elipe. Tomo 18.37. Folios 69-71
Escritura de redención del censo contratado con un vecino de Morata (Fuente: AHPM)
Críticas a la actividad de los monjes granjeros en los alrededores de Madrid
La presencia de los frailes dominicos en el mercado crediticio de la época no era exclusiva de estos frailes religiosos y era una práctica habitual para otras órdenes religiosas e incluso por otras instituciones religiosas como capellanías, memorias o hermandades. Sin embargo, la existencia de estos créditos no era, ni mucho menos, el aspecto más cuestionado de estas órdenes religiosas que, fundamentalmente, debían afrontar críticas por su actividad económica en determinados municipios, donde dominaban claramente algunos sectores agrícolas como era el caso del cultivo de viñas y la elaboración de vino.
Un ejemplo paradigmático es el de las órdenes religiosas asentadas en la vecina localidad de Arganda durante el siglo XVIII y las primeras décadas del XIX. En sus comentarios sobre la política del ministro Campomanes, rel historiador Antonio Dominguez Ortiz comenta el caso de la localidad vecina de Arganda del Rey, un municipio que a la altura de 1763 veía como en su término municipal se habían asentado varias ordenes religiosas como los dominicos del convento de Santo Tomás y de Atocha, los carmelitas descalzos, los agustinos recoletos, los jesuitas, los clérigos de Porta Coeli, los trinitarios calzados y descalzos, los premostratenses, los mercedarios descalzos y calzados y los frailes del convento de San Basilio, este último fundado por el I marqués de Leganés al tiempo que adquiría el señorío de Morata.
El Concejo de Arganda, según cita el propio Domínguez Ortiz, se quejaba antes las altas autoridades de la monarquía que estos frailes, lejos de dedicarse al auxilio de las almas de los vecinos, tenían un fin muy distinto (...) dirigido a manejar con el cultivo de sus crecidas viñas y sacar el vino que cogen de ellas, y tal vez lo aumentan comprando uvas para venderlo en sus tabernas sin querer pagar todos los derechos que adeudan.
Críticas a la actividad de los monjes granjeros en los alrededores de Madrid
La presencia de los frailes dominicos en el mercado crediticio de la época no era exclusiva de estos frailes religiosos y era una práctica habitual para otras órdenes religiosas e incluso por otras instituciones religiosas como capellanías, memorias o hermandades. Sin embargo, la existencia de estos créditos no era, ni mucho menos, el aspecto más cuestionado de estas órdenes religiosas que, fundamentalmente, debían afrontar críticas por su actividad económica en determinados municipios, donde dominaban claramente algunos sectores agrícolas como era el caso del cultivo de viñas y la elaboración de vino.
Un ejemplo paradigmático es el de las órdenes religiosas asentadas en la vecina localidad de Arganda durante el siglo XVIII y las primeras décadas del XIX. En sus comentarios sobre la política del ministro Campomanes, rel historiador Antonio Dominguez Ortiz comenta el caso de la localidad vecina de Arganda del Rey, un municipio que a la altura de 1763 veía como en su término municipal se habían asentado varias ordenes religiosas como los dominicos del convento de Santo Tomás y de Atocha, los carmelitas descalzos, los agustinos recoletos, los jesuitas, los clérigos de Porta Coeli, los trinitarios calzados y descalzos, los premostratenses, los mercedarios descalzos y calzados y los frailes del convento de San Basilio, este último fundado por el I marqués de Leganés al tiempo que adquiría el señorío de Morata.
El Concejo de Arganda, según cita el propio Domínguez Ortiz, se quejaba antes las altas autoridades de la monarquía que estos frailes, lejos de dedicarse al auxilio de las almas de los vecinos, tenían un fin muy distinto (...) dirigido a manejar con el cultivo de sus crecidas viñas y sacar el vino que cogen de ellas, y tal vez lo aumentan comprando uvas para venderlo en sus tabernas sin querer pagar todos los derechos que adeudan.
Unos meses después de presentarse esta queja del Concejo de y Justicia de la villa de Arganda, Campomanes informa de que el rey, Carlos III, que había asumido el trono en 1759, le había encomendado elaborar un informe sobre los bienes de los religiosos regulares instalados en Arganda. De este informe se puede destacar, entre los bienes de las órdenes religiosas, cómo los jesuitas del Colegio Imperial de Madrid poseían ¡doce pares de mulas!, lo que da idea de la importancia de su hacienda con 170.000 cepas contabilizadas además de molino de aceite, colmenares, etc. Los dominicos de Santo Tomás sumaban 86.000 cepas; los dominicos de Atocha, 64.000 cepas; los agustinos, siete pares de mulas y 34.000 cepas y 183 fanegas de tierra. En el artículo de Domínguez Ortiz se señala que esta posición predominante les permitía a los religiosos, en competencia desleal con los vecinos, adquirir todas las tierras que salían al mercado además de fijar el precio de las uvas y el vino. Como resumen de la precaria y complicada situación que vivía Arganda -una villa que según el Concejo era próspera hasta la llegada de las ordenes religiosas- se denunciaba que eran muy pocos los vecinos que podían vivir al margen del dominio de los monjes granjeros, lo que no evitaba que fueran esos mismos vecinos empobrecidos los que tenían que hacer frente a los impuestos de la Corona.
Tras este informe, todos los conventos con casa de labor en Arganda fueron conminados a explicar el origen de su presencia en Arganda que, en la mayor parte de los casos, se debía a las mandas y memorias testamentarias y a la inversión de beneficios de los censos en tierras de labor. Con esta información, el ministro Campomanes emitió un dictamen en el que distinguía entre las órdenes con casa de labor en Arganda y el resto que únicamente explotaban sus haciendas en la villa pero sin residir en la villa
Seguimos citando a Dominguez Ortiz en su trabajo sobre Campomanes que cifró nada menos que en 450.000 cepas las posesiones de las órdenes religiosas, solamente en el sector vitivinícola y en 30.000 arrobas la producción anual de vino de estas mismas órdenes en Arganda.
En comparación con Morata, esta presencia de los religiosos en Arganda era muy superior a la que mantenían en nuestro pueblo donde, recordemos, los frailes dominicos del Rosario, los únicos con casa de labor en la villa, contabilizaban unas 3.000 arrobas de producción de vino procedentes de las 36.683 cepas de su propiedad.
En cualquier caso, aun siendo mucho más reducida la presencia de órdenes religiosas como propietarias de bienes rústicos en Morata, no podemos dejar de citar que, de acuerdo con el Catastro de Ensenada, además de los dominicos del Rosario, en Morata también poseían bienes los conventos de las monjas franciscas de Ocaña, Chinchón y de Toledo, de la Concepción Jerónima de Madrid, el convento de dominicos de santo Tomás y de Atocha de Madrid, el convento de agustinas de Chinchón, el de Santa Catalina y el de Santa Úrsula de Alcalá de Henares, el convento de Recoletos de Copacabana de Madrid, el convento de San Juan de la Penitencia de Alcalá de Henares y el Colegio Imperial de los jesuitas de Madrid. Pese a que esta relación de conventos con propiedades en Morata a mediados del siglo XVIII puede parecer muy extensa, reiteramos que sólo la hacienda de los dominicos tenía la capacidad de controlar y regular el mercado del vino en la villa. Del resto de conventos, podemos destacar el de Santo Tomás, con una hacienda relativamente importante de olivares, unas 48 fanegas, y las 60 fanegas también de olivares que poseía el Colegio Imperial de los jesuitas. El resto de ordenes religiosas no pasaba de un modesto patrimonio que siempre explotaban a través de arrendatarios vecinos de Morata.
Una vez que se elaboró el dictamen del ministro Campomanes, Carlos III conminó a estas ordenes religiosas a abandonar su residencia en Arganda, según se expresaba en una cédula real emitida en 1764 que también limitaba sus actividades comerciales en el comercio del vino. En el caso de los jesuitas, la orden religiosa con más presencia en Arganda, y en menor medida en Morata, fueron expulsados del reino unos años después, en 1767. En cuanto al resto de religiosos regulares, durante la guerra de la Independencia sus bienes serían incautados y subastados por Napoleón y, posteriormente, con las desamortizaciones religiosas, los conventos perderían su poder de influencia en las villas del entorno de la capital madrileña.
Para completar esta visión y los últimos años de los frailes dominicos en Morata recordamos que en elblog ya tratamos este asunto:
https://historiamorata.blogspot.com/2015/11/auge-y-decadencia-de-la-casa-y-hacienda.html
Fuentes y bibliografía:
Archivo Histórico de Protocolos de Madrid. Escribanía de Ventura Elipe. Tomo 18.137. Folios 69-71
Catastro de Ensenada (1751). Pieza siete: libro de bienes del estado eclesiástico. H 410. Archivo Provincial de Toledo.
Campomanes y los monjes granjeros, un aspecto de la política eclesiástica de la Ilustración. Domínguez Ortiz, Antonio. Cuadernos de investigación histórica. Nº 1. 1977. (Paginas 99-110). Fundación Universitaria Española.

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